Uñas mujeres prostibulo en cuba

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Pero no solo las calles parecen unos cementerios surcados por siluetas de viejas edificaciones que se levantan al cielo como recuerdo de un capitalismo próspero. Los parques y espacios abiertos también se pierden entre la densa masa de oscuridad, como si en esta ciudad de contrastes la vida no encontrara una luz al final del sendero. En la oscuridad, los colores de la piel son uno solo. Pero las densas tinieblas que bañan de misterio y lujuria los barrios de La Habana tienen una utilidad enorme para decenas de mujeres que devengan el sustento diario de los servicios sexuales que les prestan a propios y extraños.

Encontrar una chica de rítmico andar, escasa de ropas y con pintura barata en el rostro es casi una constante para aquel que decide sumergirse en el bajo mundo de una urbe en la que 20 CUC, adquiridos de cualquier manera, determinan el sostén de un hogar.

El sector social no importa. Las de Playa y las de La Cuevita son cubanas que viven un mismo drama; hijas de una misma desgracia llamada comunismo. Cree que su padre era un jamaiquino que se esfumó como el humo de los tabacos.

Las chicas hacen cualquier cosa. Cuando terminan su faena, cada una me da diez pesos convertibles. Yo les garantizo los clientes. Vivir en Cuba mantenido desde el exterior. Cuando un grupo de amigos con suficiente dinero salen de juerga, es muy probable que terminen pasando la noche con dos chicas. Algunas tienen sus chulos o novios. Cuando las llaman al móvil parten raudas. Al otro día comparten la plata con su pareja. Existen jineteras bisexuales independientes. De día trabaja en una cafetería particular como camarera.

De noche, ocasionalmente, se prostituye a discreción con personas de confianza. Tengo 20 años y debo mantener a mi abuela y a mi madre. En la cafetería me pagan 80 pesos diarios alrededor de tres dólares , pero no me alcanza. Como no tengo hijos, algunas noches junto a mi pareja y con gente discreta que conozco hace tiempo hacemos sexo. Que tiene poblada las axilas.

Que tiene estrías en el estómago. Es de tener en cuenta que esta mujer no es flaca, no es alta, no tiene una gracia particular; que es idéntica a un montón de mujeres que también nacieron en La Habana, pero que pudieron haber nacido en Cartagena o en San Juan o en Santo Domingo.

Tiene algo de bozo, tiene marcas en las mejillas de un brote de barros juveniles. Pero mulata, como es, todavía tiene viva una negra por dentro que le da una gravitación diferente cuando camina, que la llena de gracia cuando habla y que deja prendados de amor a los cerdos europeos que se acercan cada noche a comérsela: Esta mujer dice que aunque la carrera le salga gratis, sabe que le espera el desempleo o unos doce dólares mensuales por trabajar sin descanso. Vive con sus padres, su abuela, dos hermanas y un cuñado cerca de la calle de la Belascoaín, en La Habana Vieja, y algo le toca de la porción de comida que su padre reclama mensualmente en la bodega de alimentos de la esquina y de lo que consigue llevando turistas al mercado negro del tabaco.

Esta mujer se reparte cada mes con toda su familia algo de arroz, algo de fríjoles o de chícharos, o de garbanzos , algo de aceite y de sal, algo de puré de tomate. Su abuela también, por ser anciana. El Estado se las garantiza. Se acuesta muy tarde y se levanta hacia las diez de la mañana. El sol les cae encima a todas las grietas de sus casas viejas. Una mulata joven mirando por un balcón en el que ventean las ropas tendidas al sol.

Un viejo de mil años con un tabaco encendido y los ojos cubiertos por las cataratas. Un grupo de jóvenes que cantan son cubano con cara de felicidad. Unos niños recibiendo clases, con las ventanas abiertas, en un salón derruido pero digno.

Un Chevrolet viejo y descapotado al lado del mar. El sol les cae por encima y todas esas casas gigantes y viejas, carcomidas por el tiempo, pero alumbradas todavía por el color que alguna vez tuvieron, se ven grandiosas. Hay oleadas de olor a mar.

Magally se levanta y se viste directamente. Come arroz de la olla antes de dar una vuelta. Esta mujer dice que le gusta sentarse en los bordes del malecón y hablar con sus amigas. Que luego de darse una vuelta almuerza en su casa y que eso le gusta, porque antes, cuando esta mujer estudiaba, se llevaba algo para comer en la universidad: A veces duerme siesta.

O ve televisión, pero no le gusta mucho. No hay muchos programas. Se asoma a la revista como si se asomara al mundo. La entiende de a pedazos, porque no habla muy bien inglés, pero mira los retratos largamente. Especialmente, claro, de Martí:

uñas mujeres prostibulo en cuba Supervivientes del accidente aéreo en Cuba siguen en estado crítico extremo. Con 18 años tuve una hija. Se contonean exageradamente frente a las narices de los posibles clientes y les piden tragos, cigarrillos, los invitan a bailar. Vive con sus padres, su abuela, prostitutas mollet prostitutas en santa cruz de tenerife hermanas y un cuñado cerca de la calle de la Belascoaín, en La Habana Vieja, y algo le toca de la porción de comida que su padre reclama mensualmente en la bodega de alimentos de la esquina y de lo que consigue llevando turistas al mercado negro del tabaco. A los doce comencé a prostituirme por comida, golosinas o cualquier regalo. Unos niños recibiendo clases, con las ventanas abiertas, en un salón derruido pero digno.

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Cuando las llaman al móvil parten raudas. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Mi padre trabaja como campesi no en un pueblo cercano a Cienfuegos y mi madre era cocinera. Que todos somos iguales, pero no. Con 18 años tuve una hija. Miami Termina en arresto una pelea en un avión de American Airlines hacia Miami. Como muchas cosas en Cubala oscuridad tiene una justificación.

María, de treinta años que de noche parecen veinte, vive con su hijo en Guanabacoa, el barrio negro de La Habana. Su piel, color ébano, resplandece bajo las luces de la pista de baile. No pasa desapercibida entre los hombres. El contoneo de sus caderas levanta miradas de envidia entre sus compañeras, pero el ritmo africano, heredado de sus tatarabuelos, se apodera de ella.

Mis padres trataron de educarme lo mejor posible para ser decente, pero la vida da muchas vueltas. Mi padre trabaja como campesi no en un pueblo cercano a Cienfuegos y mi madre era cocinera. Terminé el colegio y fui a la universidad a estudiar Económicas. Y aquí es donde empecé a ejercer la prostitución. Los hijos de los dirigentes iban a la universidad con ropas de marcas extranjeras, oliendo a perfumes carísimos.

Y yo, una simple hija de campesinos, me tenía que bañar todos los días con un pedazo de jabón que apestaba a amoniaco. En Cuba las jineteras no son repudiadas por la sociedad ni señaladas con el dedo como ocurre en la mayoría de países occidentales. Aquí las familias se sienten orgullosas de ellas, las ven como heroínas modernas que ayudan a sus familias vendiendo sus cuerpos a extranjeros sedientos de carne.

Nadie se siente avergonzado de reconocer que es amigo de una jinetera, al contrario. Todas buscan lo mismo, un príncipe azul o, en su defecto, un hombre que las mantenga -por dólares mensuales, un extranjero puede dar un nivel de vida a su jinetera difícilmente alcanzable para el resto de la población—. Pero todo cuento de príncipes y de hadas tiene su lado oscuro: Sentada en la barra del local, vestida con una minifalda blanca y un top del mismo color, una jovencísima muchacha de cabellos rubios mira la pista buscando a un hombre para pasar la noche.

Los camareros del local la saludan, acude casi todas las noches. Da un sorbo a su copa. Con 18 años tuve una hija. Después del parto engordé demasiado y por mis contactos en el mundo del jineterismo me dediqué a comercializar el sexo. Unos clientes la llaman a su móvil y Sheyla queda en verlos en 15 minutos.

Rubias, negras, mulatas, pelirrojas. En la puerta del bar la espera un viejo auto ruso que suele alquilar por 30 cuc diarios. El precio entre los extranjeros depende de la pinta y el bolsillo. Hay europeos que conocen el paño como cualquier cubano. Y no tienen mucha plata. Entonces les cobró 30 cuc por cada muchacha y una comisión de 10 cuc para mí.

Las chicas hacen cualquier cosa. Cuando terminan su faena, cada una me da diez pesos convertibles. Yo les garantizo los clientes. Vivir en Cuba mantenido desde el exterior.

Cuando un grupo de amigos con suficiente dinero salen de juerga, es muy probable que terminen pasando la noche con dos chicas. Magally era buena para la geografía. Tiene un primo que ha salido del país, a Rusia, hace varias décadas, porque integraba el equipo de judo.

Habla de eso con orgullo. En cualquier esquina anda un tipo que fue campeón olímpico o que grabó un disco célebre o que es una autoridad mundial en operaciones de pecho abierto. Su talento es proporcional a su sencillez: Saben lo que valen y, sobre todo, valen por lo que saben. Es raro estar en una ciudad con tanta gente preparada. Todos se expresan bien.

Como Magally, que habla de Lezama Lima con propiedad, así a la media hora tenga que estar con la piernas abiertas para recibir la desgonzada y sucia pirinola de cualquier noruego viejo. Magally se despierta de su siesta y se va a la Plaza de la Catedral, donde hay un par de cafés en que les sacan los ojos a los turistas: La Habana a esas horas es el Caribe absoluto. La tarde empieza a caer.

Para los cubanos la solidaridad no es un concepto sino una reacción, un impulso: Y tienen un orgullo amistoso: Obligado a ahorrar energía, el gobierno suspendió hace años el servicio de alumbrado eléctrico. De modo que la tarde va pasando borrosamente y de un momento a otro la ciudad queda tirada en el medio de una penumbra absoluta.

La Habana festiva de las cinco de la tarde le da paso a otra sospechosa y tenebrosamente oscura. Las calles se van poblando de sombras. El negocio de prostituirse tomó impulso en la década de los noventa, cuando Cuba quedó sola, sin el respaldo soviético, y decidió hacer del turismo uno de los vértices de su economía. El gobierno castiga con pérdida de vivienda a quien sorprenda vendiéndose, y ha perseguido a las jineteras con redadas masivas que, como la de , fue célebre.

Que rumbea en el Palacio de la Salsa o en el bar La Riviera. Que disfrutaría bailando en La Tropical si no fuera porque el sitio le trae recuerdos de su vida de jinetera. Muy pocos de los que se la tiran saben que le gusta bailar una canción que se llama Qué sorpresa, de Los Van Van, a quienes ha tenido la suerte de oír en vivo dos veces.

Que a ratos cree que su salida es casarse con un español, así sea viejo, para largarse de allí y mandarle dinero a su familia. Magally dice que nunca ha tenido problemas con el Comité de Defensa de la Revolución que opera en su manzana, en parte porque acude, con pereza pero disciplina, a las convocatorias que organizan en la Plaza de la Revolución. Esta mujer dice que ya no le cuesta tanto trabajo acostarse para ganar dinero.

Que mira hacia el techo y espera con paciencia a que pase ese empujón resbaloso por entre las piernas. Que en su casa saben todo lo que hace. Que agradecen el dinero que ella lleva.